Presentimiento
Қосымшада ыңғайлырақҚосымшаны жүктеуге арналған QRRuStore · Samsung Galaxy Store
Huawei AppGallery · Xiaomi GetApps

автордың кітабын онлайн тегін оқу  Presentimiento

Luis Fader

Presentimiento





Sin embargo, las contradicciones internas y externas ponen a prueba su proyecto.


Contents

Introducción

El mundo conocido había quedado atrás. La guerra nuclear entre las potencias nucleares devastó la Humanidad reduciéndola a la mitad. Luego del invierno nuclear que siguió a la destrucción, muchos sobrevivientes de la gran catástrofe salieron nuevamente a la superficie. Salieron con nuevas esperanzas, ambiciones, sueños y proyectos.

Sin embargo, también quedaron a la deriva muchos seres humanos sin rumbo. Náufragos de la civilización que inevitablemente repetirían los mismos errores humanos que conllevaron a la destrucción total.

Fue destruida la Humanidad pero no fue destruido el Humanismo. Quedaba en este mundo gente que quería volver a sus raíces. Que soñaba con ver el mundo que las potencias borraron de los mapas. Ahora tenían la oportunidad de soñar y de construir un mundo mejor. Esa gente soñadora dispersa necesitaba volver a creer en la utopía.

Capítulo 1: Pasiones

Robert manejaba su moto lentamente por las calles destruidas, abriéndose paso entre los escombros de lo que alguna vez fue una ciudad. Era un hombre de estatura media, de 38 años, con una barba corta y descuidada y un bigote pulcro que le daba al rostro un aspecto un poco duro pero al mismo tiempo bondadoso. Su moto, una antigua del siglo XX, emitía un sonido característico que resonaba en ecos por las calles vacías. Con cada curva, se daba cuenta cada vez más de lo mucho que había cambiado el mundo. Alguna vez, esos edificios habían sido un símbolo del progreso de la civilización. Pero ahora solo eran un triste testimonio de cómo había colapsado el mundo en el que había vivido. Mundo que había cambiado quedándose prácticamente sin nadie que lo habite.


Al examinar las estructuras abandonadas, se daba cuenta de que sus recuerdos de lo que fue habían quedado en un pasado lejano. Era uno de los pocos que habían sobrevivido a aquel apocalipsis. El búnker que había construido de antemano se había convertido en su único salvavidas. Ahora vagaba por las ruinas, soñando con crear una nueva vida y una nueva civilización. Buscaba a aquellos que compartieran sus aspiraciones — gente dispuesta a construir la ciudad-fortaleza que él llamaría “Utopía”.


Cuando Robert vio a lo lejos una pequeña choza semienterrada, su corazón se aceleró. Ahí vivían dos personas: un hombre y una mujer. Dima, bajo y frágil, con rasgos finos y grandes ojos claros tras sus anteojos, parecía cansado, pero en su mirada aún se leía esperanza. Masha, un poco más alta que Dima, con cabello largo que enmarcaba su rostro, tenía un aire relajado, pero cuando se enojaba, su expresión se volvía estricta e inflexible. Llevaban dos años sin ver a un alma. Lleno de entusiasmo, Robert detuvo su motocicleta y lo invadió la sensación de que finalmente había encontrado a quienes buscaba.


Se acercó a ellos y, presentándose, expuso rápidamente su idea: “Quiero crear una Utopía — un lugar donde la gente pueda recuperar la seguridad y la paz. Podemos construir una nueva ciudad basada en la confianza y la ayuda mutua”. Dima observó a Robert con evidente interés, sumergiéndose en reflexiones sobre su propuesta. Su rostro se iluminó, como si ya vislumbrara la posibilidad de un nuevo camino.


Masha, por el contrario, se mantuvo cautelosa. Había visto muchas utopías surgir del engaño y la crueldad. Su inquietud estaba relacionada con que el mundo a su alrededor estaba lleno de peligros, y confiar en alguien era demasiado arriesgado. “Pero ya hemos sobrevivido aquí, en este lugar. ¿No te parece que tendríamos que quedarnos así como ya estamos?”, intentaba entender su motivación. En su voz había una determinación, como la de alguien que había pasado por más pruebas de lo que aparentaba.


Robert recordó a Natalia, y su corazón se llenó de tristeza. Ella era una mujer de cabello pelirrojo que parecía brillar bajo el sol, y ojos verde-grisáceos que reflejaban toda la profundidad de su alma. Su nariz era fina y ligeramente puntiaguda, dándole a su rostro un aspecto refinado, y su mirada — segura y penetrante — siempre le causaba admiración a Robert. Natalia sabía encontrar belleza en las cosas simples, y su impulso por ayudar a los demás no era solo un trabajo, sino una vocación. Cada vez que sonreía, el mundo a su alrededor se volvía más brillante, pero ahora, en su ausencia, Robert sentía cómo ese brillo se apagaba. Su determinación e independencia le causaban orgullo, pero al mismo tiempo dolor, pues entendía que no había podido retenerla a su lado. Ahora ella era una más de tantos que quizás se habían ido para siempre de su vida, dejando solo recuerdos de cómo iluminaba sus días.


Parado frente a Masha y Dima, sintió que los recuerdos de Natalia lo atravesaban — su risa, sus pasos seguros cuando se apresuraba a ayudar. Cada momento sin ella lo alejaba del mundo que habían compartido. Entendía que, a pesar de sus sueños, las imágenes del pasado no lo soltaban. La esperanza que quería regalar a otros, ella misma necesitaba ser salvada.


“Entiendo sus dudas”, dijo, intentando conectar con Masha. “Pero juntos podemos crear algo mejor. Tendremos oportunidades que no tuvimos antes. ¡He visto búnkeres, sé cómo sobrevivir y construirlos!” Hablaba apasionadamente, deseando convencer a ambos de que no era solo un soñador, sino un hombre con un plan concreto.


Dima, aún intrigado, animaba a Masha: “¿Quizás deberíamos intentarlo? No vamos a encontrar a nadie más en este mundo postapocalíptico…” Pero sus palabras chocaban con la fría mirada de Masha, llena de desconfianza y dudas.


Mientras tanto, Robert sintió que dentro de él se encendía un conflicto: la luz que anhelaba restaurar en el mundo luchaba contra la sombra dejada por la pérdida de Natalia. No sabía cuál sería su próximo paso. Y aunque soñaba con una nueva vida, su corazón permanecía desgarrado, anclado en un pasado que alguna vez le pareció tan vital.


Masha y Dima, que al principio le parecieron a Robert la encarnación de la calma en este mundo destruido, de repente comenzaron a pelear. Las pasiones que ocultaban ahora estallaban.


— ¿Y a vos qué te pasa? — gritó Masha. Su voz sonó como un trueno. — ¡Este tipo puede destruirnos! Sobrevivimos aquí, ¿y vos estás dispuesto a correr un riesgo innecesario por unos sueños?


— ¿Estás loca? — respondió Dima. Sus ojos brillaban de furia. — ¡Tenemos la chance de un futuro mejor! No podemos quedarnos sentados esperando a que nos encuentren o morir de hambre. ¡Es una buena chance!


El ambiente se caldeaba como en el fuego de una fragua. Robert, parado entre ellos, sentía que sus propias emociones encontraban salida a través del dolor de la pérdida. Veía cómo viejos resentimientos y temores estallaban, cómo palabras llenas de pasión e insatisfacción volaban por los aires.


Masha, sin contener las lágrimas, continuó: — Quizás vos estés listo para creer en un final feliz, ¡pero yo vi lo rápido que este mundo puede arrebatarnos todo lo que tenemos! No voy a arriesgar mi vida por un sueño basado en lo desconocido.


Dima no se detenía: — ¿Y qué proponés? ¿Vivir con miedo? ¿Escondernos en una madriguera y esperar a que nos encuentren algunos matones o morir de hambre? No entendés, ¡tenemos que avanzar! No podemos quedarnos estancados en un solo lugar, ¡tenemos que construir la esperanza!


Robert, mirando alternativamente a uno y al otro, recordó a su Natalia. Recordaba cómo discutían juntos sus sueños, cómo ella hablaba apasionadamente de su amor por la vida y de lo importante que era no temerle al cambio. Cada vez que ella, riendo, lo desafiaba, sentía cómo su alma se llenaba de energía. Ahora, al oír esta discusión, esos fragmentos de recuerdos brillantes se volvían insoportablemente amargos.


— ¿Te acordás cuando soñábamos con el futuro? — dijo Dima, dirigiéndose a Masha. — Hablábamos de nuestras esperanzas, de dónde nos gustaría vivir, de cómo nos gustaría ayudar a otros. No propongo una utopía imposible de construir. Propongo una oportunidad, una oportunidad para una vida nueva.


Masha se detuvo abruptamente. Su enojo se aplacó un poco, y en sus ojos volvió a asomarse una sombra de desánimo y recuerdos. Recordó cómo ella y Dima se sentaban junto al fuego, compartiendo sus esperanzas y sueños. Recordó cómo cada momento de sus vidas estaba impregnado de la expectativa de buenos cambios que nunca llegaron.


— Quizás tengás razón — dijo en voz baja. Su voz era menos cortante. — ¿Pero se le puede confiar a alguien que acaba de aparecer de la nada y nos propone abandonar nuestro hogar?


Dima, notando el cambio en su tono, intentó apoyarla: — Sabés que seguir haciendo lo de siempre no es la salida. Podemos tener esperanza, Masha, pero hay que actuar. Dejá que Robert nos dé una oportunidad, que haya una chance.


Mientras tanto, Robert sintió nuevamente cómo oleadas de emoción lo inundaban. Recordó los días en que Natalia volvía a casa, cansada pero con orgullo en su rostro. Recordaba cómo discutían juntos decisiones difíciles, y cómo sus corazones se llenaban de impulso hacia un objetivo común. Cada conversación con ella estaba llena de pasión, cada discusión era más que solo palabras: era vida.


La mirada de Robert se deslizó por los rostros de Masha y Dima, llenos de contradicciones. Recordó cómo ese sentimiento — la pasión — podía generar tanto amor como odio. Esas emociones, surgiendo desde las profundidades del corazón, los envolvían como un torbellino, forzándolos a tomar decisiones de las que ni siquiera sospechaban.


— No les pido que no duden — dijo con cuidado. — Solo les ofrezco una oportunidad. Quizás el miedo sea algo natural, pero los sueños también tienen derecho a existir. Se nos ha dado la oportunidad de crear algo mejor.


Las palabras de Robert quedaron flotando en el aire. Y aunque su voz sonaba calmada, por dentro bullían los sentimientos. Pero sabía que cada uno de ellos debía tomar su propia decisión. Como él, cada uno llevaba dentro un pilar de pasión. Y por difícil que fuera seguir adelante, entendía que en este nuevo mundo las pasiones podían ser tanto una fuerza destructiva como creativa.


Masha se giró bruscamente hacia Robert, y sus ojos brillaban de determinación. La excitación y la tensión ya habían llegado a su límite, y no podía permitir que esta situación continuara.


— ¡Basta! — dijo, y su voz sonó firme. — No voy a arriesgar mi vida por palabras vacías y promesas. No entendés lo que hemos pasado. Nos cuidamos, sobrevivimos, y todo gracias a que desconfiamos de los extraños.


Dima, con el corazón dividido, intentó encontrar palabras para conciliarlos. Pero Masha lo interrumpió:


— ¡No, Dima! — exclamó. — Vos mismo tenés que entender que confiar en el primero que se te cruce es una locura. Él quizás es igual que aquellos que llevaron al mundo a la destrucción. Todas estas pasiones, la lucha por el poder, el miedo y el odio… esa es la razón por la que terminamos aquí, en este infierno.


Robert sintió cómo sus esperanzas se derretían como hielo bajo un sol abrasador. Los miró a ambos, y en su alma se desataba el caos. El recuerdo de Natalia, su pasión por la vida, su entusiasmo por la medicina ya que ella era médica cardiólogo… su deseo de ayudar… todo eso de repente le recordó que sus propias pasiones fueron precisamente lo que destruyó el mundo.


— ¿Pero cómo deshacerse de las pasiones? — dijo en voz baja, como si la pregunta no fuera solo para ellos, sino también para sí mismo. — ¿Acaso no fueron estas emociones las que llevaron a la guerra y la destrucción? ¿Cómo huir de ellas cuando están dentro de nosotros?


Masha, al oír esto, se suavizó un poco. — No podemos deshacernos de las pasiones, Robert. Solo podemos aprender a manejarlas. Los sentimientos humanos son lo que nos hace humanos. Pero también son la causa de los conflictos. Si dejamos que los miedos y las ambiciones nos controlen, nunca podremos construir el mundo con el que soñás.


Volvió a surgir la imagen de Natalia. Robert recordó con cariño cómo a veces discutían sobre lo que significaba ser humano. Ella siempre creyó que era en las pasiones, en el deseo de ayudar y cuidar a los demás, donde se encontraba la verdadera humanidad. Pero al mismo tiempo, sabía muy bien cómo el miedo y el odio podían fácilmente convertirse en algo destructivo.


— No pienso abandonarlos — dijo, sin poder ocultar la desesperación. — No puedo. Creo que podemos crear algo muy bueno.


— ¡No contés con nosotros! — gritó Masha con determinación, echando los brazos hacia adelante como protegiéndose. — Si necesitás un nuevo hogar, te lo digo clarito: acá no está. Andate.


Robert sintió que su corazón se contraía de dolor. Entendió que había perdido la oportunidad de construir Utopía con ellos, pero sintió aún más claramente que el mundo al que tanto aspiraba estaba lleno de contradicciones. Tenían razón: las pasiones humanas, avivadas en el pasado, se habían convertido en chispas que encendieron la llama de la catástrofe nuclear. Si no aprendían a manejarlas, la nueva sociedad enfrentaría los mismos problemas.


— Me voy — dijo, y su voz se volvió queda. — Pero recordá que el mundo necesita más que solo supervivencia. El mundo necesita esperanza.


Dima no supo qué decir, pero su corazón fue traspasado por la confusión. Miró cómo Robert subía a su motocicleta, y el ronquido del motor resonó en el silencio sordo.


Cuando Robert se fue, Masha y Dima se quedaron parados en el lugar, llenos de tensión e incertidumbre. Su hogar — ese lugar vacío que alguna vez estuvo lleno de miedo — ahora también estaba plagado de dudas.


En el aire flotaba el horror silencioso de darse cuenta de que las pasiones no son solo un asunto personal. Ambos estaban muy ligados a aquellas catástrofes que ocurrieron en el mundo. Y por más que intentaran ocultar sus emociones, tarde o temprano se volverían contra ellos mismos.


— ¿Qué hacemos ahora? — preguntó Dima, y en su voz sonaba la amargura de la perplejidad.


— Vamos a vivir — dijo Masha con dificultad, como si intentara convencerse más a sí misma que a él. — Pero tenemos que tomar nota: las pasiones son una flor frágil que hay que cuidar. No podemos permitir que nos destruyan.


Y en eso radica la contradicción: el destino de cada uno de ellos puede estar determinado por esas valiosas y a la vez destructivas emociones humanas.

Capítulo 2: El mareo

Robert, avanzando a toda velocidad por las calles desiertas en su moto, sentía el viento silbando en sus oídos y la vibración del motor por todo su cuerpo. Habitualmente, la libertad que experimentaba durante los viajes era para él su fuente de inspiración y fortaleza. Pero ese día algo empezó a fallar. De pronto, una sensación de vértigo comenzó a invadir su conciencia. El suelo parecía hundirse bajo sus pies, y el mundo a su alrededor perdía nitidez y firmeza.

Con cada metro recorrido, el miedo que lo envolvía se intensificaba. Intentó serenarse, concentrarse en el camino, pero sus esfuerzos resultaron inútiles. Finalmente decidió detenerse. Miró alrededor rápidamente: las calles vacías permanecían casi deshabitadas, sólo el reflejo mortecino de los faroles se proyectaba en sus ojos.

Al notar un grupo de hombres armados y de aspecto amenazante, comprendió que la desesperación no sería alternativa. Reuniendo todo su coraje, decidió acercarse, procurando no mostrar su inquietud. Los hombres se tensaron en cuanto lo vieron aproximarse.

— Che, ¿quién sos? — preguntó uno de ellos, levantando lentamente el arma.

— Me llamo Robert. Quiero hablar con ustedes — respondió él, esforzándose en mantener un tono firme y sereno.

Robert les propuso la idea de levantar una ciudad para sobrevivientes, un refugio seguro para las personas, lejos de los peligros. Sus palabras fueron recibidas con carcajadas. El líder del grupo, Alexéi, con gesto burlón, dijo:

...