El perro del hortelano
Қосымшада ыңғайлырақҚосымшаны жүктеуге арналған QRRuStore · Samsung Galaxy Store
Huawei AppGallery · Xiaomi GetApps

автордың кітабын онлайн тегін оқу  El perro del hortelano

Lope de Vega

El perro del hortelano

© ООО «Издательство АСТ», 2025

El perro del hortelano

Hablan en ella las personas siguientes.



DIANA, Condesa de Belflor.

LEONIDO, criado.

EL CONDE FEDERICO.

ANTONELO, lacayo.

TEODORO, su secretario.

MARCELA, de su cámara.

DOROTEA, de su cámara.

ANARDA, de su cámara.

OTAVIO, su mayordomo.

FABIO, su gentilhombre.

EL CONDE LUDOVICO.

FURIO.

LIRANO.

TRISTÁN, lacayo.

RICARDO, Marqués.

CELIO, criado.

CAMILO.

Acto primero

Salen TEODORO, con una capa guarnecida de noche, y TRISTÁN, criado. Vienen huyendo.



TEODORO: Huye, Tristán, por aquí.



TRISTÁN: Notable desdicha ha sido.



TEODORO: ¿Si nos habrá conocido?



TRISTÁN: No sé; presumo que sí.



(Váyanse y entre tras ellos DIANA, Condesa de Belflor.)



DIANA: ¡Ah, gentilhombre, esperad!

¡Teneos! ¡Oíd! ¿Qué digo?

¿Esto se ha de usar conmigo?

Volved, mirad, escuchad.

¡Hola! ¿No hay aquí un crïado? ¡Hola! ¿No hay un hombre aquí?

Pues no es sombra lo que vi,

ni sueño que me ha burlado.

¡Hola! ¿Todos duermen ya?



(Sale FABIO, criado.)



FABIO: ¿Llama vuestra señoría?



DIANA: Para la cólera mía,

gusto esa flema me da.

Corred, necio, enhoramala,

pues merecéis este nombre,

y mirad quién es un hombre

que salió de aquesta sala.



FABIO: ¿Desta sala?



DIANA: Caminad,

y responded con los pies.



FABIO: Voy tras él.



DIANA: Sabed quién es.

¿Hay tal traición, tal maldad?



(Sale OTAVIO.)



OTAVIO: Aunque su voz escuchaba,

a tal hora no creía

que era vuestra señoría

quien tan aprisa llamaba.



DIANA: ¡Muy lindo santelmo hacéis!

¡Bien temprano os acostáis!

¡Con la flema que llegáis!

¡Qué despacio que os movéis!

Andan hombres en mi casa

a tal hora, y aun los siento

casi en mi propio aposento

(que no sé yo dónde pasa

tan grande insolencia, Otavio),

y vós, muy a lo escudero,

cuando yo me desespero,

¿ansí remediáis mi agravio?



OTAVIO: Aunque su voz escuchaba

a tal hora, no creía

que era vuestra señoría

quien tan aprisa llamaba.



DIANA: Volveos, que no soy yo;

acostaos, que os hará mal.



(Sale FABIO.)



OTAVIO: Señora…



FABIO: No he visto tal;

como un gavilán partió.



DIANA: ¿Viste las señas?



FABIO: ¿Qué señas?



DIANA: ¿Una capa no llevaba con oro?



FABIO: Cuando bajaba la escalera…



DIANA: ¡Hermosas dueñas

sois los hombres de mi casa!



FABIO: … a la lámpara tiró

el sombrero y la mató;

con esto, los patios pasa,

y en lo escuro del portal

saca la espada y camina.



DIANA: Vós sois muy lindo gallina.



FABIO: ¿Qué querías?



DIANA: ¡Pesia tal!

Cerrar con él y matalle.



OTAVIO: Si era hombre de valor,

¿fuera bien echar tu honor desde el portal a la calle?



DIANA: De valor aquí, ¿por qué?



OTAVIO: ¿Nadie en Nápoles te quiere

que, mientras casarse espere, por donde puede te vee?

¿No hay mil señores que están,

para casarse contigo,

ciegos de amor? Pues bien digo si tú le viste galán

y Fabio tirar, bajando,

a la lámpara el sombrero.



DIANA: Sin duda fue caballero

que, amando y solicitando,

vencerá con interés

mis crïados. ¡Qué crïados

tengo, Otavio, tan honrados!

Pero yo sabré quién es:

plumas llevaba el sombrero

y en la escalera ha de estar.

Ve por él.



FABIO: ¿Si le he de hallar?



DIANA: ¡Pues claro está, majadero!

Que no había de bajarse

por él cuando huyendo fue.



FABIO: Luz, señora, llevaré.



DIANA: Si ello viene a averiguarse,

no me ha de quedar culpado

en casa.



OTAVIO: Muy bien harás,

pues, cuando segura estás,

te han puesto en este cuidado,

pero aunque es bachillería,

y más estando enojada,

hablarte en lo que te enfada,

esta tu injusta porfía

de no te querer casar

causa tantos desatinos,

solicitando caminos que te obligasen a amar.



DIANA: ¿Sabéis vós alguna cosa?



OTAVIO: Yo, señora, no sé más

de que en opinión estás

de incasable, cuanto hermosa.

El condado de Belflor

pone a muchos en cuidado.



(Sale FABIO.)



FABIO: Con el sombrero he topado,

mas no puede ser peor.



DIANA: Muestra. ¿Qué es esto?



FABIO: No sé.

Este aquel galán tiró.



DIANA: ¿Este?



OTAVIO: No le he visto yo

más sucio.



FABIO: Pues este fue.



DIANA: ¿Este hallaste?



FABIO: ¿Pues yo había

de engañarte?



OTAVIO: Buenas son

las plumas.



FABIO: Él es ladrón.



OTAVIO: Sin duda a robar venía.



DIANA: Hareisme perder el seso.



FABIO: Este sombrero tiró.



DIANA: Pues las plumas que vi yo,

y tantas que aun era exceso,

¿en esto se resolvieron?



FABIO: Como en la lámpara dio,

sin duda se las quemó

y como estopas ardieron.

¿Ícaro al sol no subía

que, abrasándose las plumas,

cayó en las blancas espumas

del mar? Pues esto sería.

El sol la lámpara fue,

Ícaro el sombrero, y luego

las plumas deshizo el fuego

y en la escalera le hallé.



DIANA: No estoy para burlas, Fabio;

hay aquí mucho que hacer.



OTAVIO: Tiempo habrá para saber

la verdad.



DIANA: ¿Qué tiempo, Otavio?



OTAVIO: Duerme agora, que mañana

lo puedes averiguar.



DIANA: No me tengo de acostar,

no, ¡por vida de Dïana!

hasta saber lo que ha sido.

Llama esas mujeres todas.



OTAVIO: Muy bien la noche acomodas.



DIANA: Del sueño, Otavio, me olvido

con el cuidado de ver

un hombre dentro en mi casa.



OTAVIO: Saber después lo que pasa

fuera discreción, y hacer

secreta averiguación.



DIANA: Sois, Otavio, muy discreto,

que dormir sobre un secreto

es notable discreción.



(Salen FABIO, DOROTEA, MARCELA, ANARDA.)



FABIO: Las que importan he traído,

que las damas no sabrán

lo que deseas, y están

rindiendo al sueño el sentido.

Las de tu cámara solas

estaban por acostar.



ANARDA: De noche se altera el mar

y se enfurecen las olas.



FABIO: ¿Quieres quedar sola?



DIANA: Sí,

salíos los dos allá.



FABIO: ¡Bravo examen!



OTAVIO: Loca está.



FABIO: Y sospechosa de mí.



(Vanse.)



DIANA: Llégate aquí, Dorotea.



DOROTEA: ¿Qué manda vuseñoría?



DIANA: Que me dijeses querría

quién esta calle pasea.



DOROTEA: Señora, el Marqués Ricardo,

y algunas veces el Conde

Paris.



DIANA: La verdad responde

de lo que decirte aguardo

si quieres tener remedio.



DOROTEA: ¿Qué te puedo yo negar?



DIANA: ¿Con quién los has visto hablar?



DOROTEA: Si me pusieses en medio

de mil llamas, no podré

decir que, fuera de ti,

hablar con nadie los vi

que en aquesta casa esté.



DIANA: ¿No te han dado algún papel?

¿Ningún paje ha entrado aquí?



DOROTEA: Jamás.



DIANA: Apártate allí.



MARCELA: ¡Brava inquisición!



ANARDA: Crüel.



DIANA: Oye, Anarda.



ANARDA: ¿Qué me mandas?



DIANA: ¿Qué hombre es este que salió?



ANARDA: ¿Hombre?



DIANA: Desta sala, y yo

sé los pasos en que andas.

¿Quién le trajo a que me viese?

¿Con quién habla de vosotras?



ANARDA: No creas tú que en nosotras

tal atrevimiento hubiese.

¿Hombre, para verte a ti,

había de osar traer

crïada tuya, ni hacer

esa traición contra ti?

No, señora, no lo entiendes.



DIANA: Espera, apártate más,

porque a sospechar me das,

si engañarme no pretendes,

que por alguna crïada

este hombre ha entrado aquí.



ANARDA: El verte, señora, ansí,

y justamente enojada,

dejada toda cautela

me obliga a decir verdad,

aunque contra el amistad

que profeso con Marcela.

...